El arte y la cultura incomodan al poder en América Latina y siguen siendo clave para formar pensamiento crítico y ciudadanía
En América Latina, el arte y la cultura suelen tratarse como algo secundario o como un lujo, un complemento decorativo, un gasto prescindible cuando hay crisis. Sin embargo, esta mirada ignora una función central que la cultura ha cumplido históricamente en la región: formar criterio, incomodar al poder y abrir espacios de pensamiento cuando la realidad parece cerrada.
A diferencia de otros ámbitos, la cultura no reparte órdenes ni manuales, funciona como una escuela emocional y simbólica. Enseña a dudar sin culpa, a imaginar futuros posibles cuando el presente se agota y a sostener preguntas sin la urgencia de cerrarlas rápido. No forma ciudadanos por obediencia, sino por experiencia. Y justamente por eso, incomoda.
Si el arte y la cultura no sirvieran para pensar, no habría necesidad de intervenirlos, recortarlos o vaciarlos. No haría falta ajustarlos ni suavizarlos. El hecho de que constantemente sean objeto de control, desfinanciamiento o instrumentalización política es una señal clara que pensar sigue siendo incómodo y sentir también.
Los números ayudan a entender esta incomodidad. Informes de la UNESCO muestran que aunque el sector cultural y creativo representa más del 3 % del PIB mundial, el gasto público directo en cultura sigue siendo bajo en muchos países, con inversiones públicas muy por debajo de otros sectores, especialmente marginal en gran parte de América Latina comparado con Europa y Norteamérica.
Cuando la cultura se debilita, el impacto va mucho más allá del presupuesto. Hay menos palabras para nombrar el malestar social, menos imágenes para pensar lo común y menos espacios donde la incomodidad tenga permiso. Los recortes suelen justificarse en nombre de la austeridad o la eficiencia fiscal, pero en el fondo son decisiones políticas que definen qué tipo de ciudadanía se quiere formar y qué capacidades críticas se consideran necesarias o peligrosas, para una sociedad.
A esto se suma la lógica del mercado. Muchas expresiones culturales son tomadas, estetizadas y convertidas en tendencia, pero separadas de su contexto. Lo que antes incomodaba se vuelve decorativo y lo que tenía conflicto se transforma en mercancía. No es una celebración de la diversidad, sino un vaciamiento, porque cuando una expresión cultural pierde su contexto, pierde también su potencia crítica.
¿Quién paga el costo de este proceso?

Principalmente los jóvenes. Menos acceso a formación artística implica menos herramientas para leer imágenes, discursos y noticias. Estudios comparativos en educación muestran que la exposición a las artes fortalece habilidades como la lectura crítica, la empatía y el pensamiento creativo. Reducir ese acceso no es neutro, pues modela una ciudadanía menos crítica y más vulnerable a la desinformación.
Nada de esto es casual. El poder político y económico entiende una verdad simple, quien piensa, cuestiona y quien cuestiona, no obedece con facilidad. Por eso el arte se recorta, se debilita o se empaqueta. Se tolera mientras no moleste, pero se vuelve problema cuando despierta preguntas colectivas.
Revertir esta tendencia no es un gesto romántico ni nostálgico, es una tarea de todos. Aumentar la inversión cultural, garantizar el acceso en escuelas y barrios, proteger la diversidad de expresiones y desmercantilizar parcialmente la creación, trae beneficios que no son inmediatos, pero sí profundos.Hablamos de sociedades con memoria, ciudadanos con criterio y democracias más resistentes.
Por eso en América Latina el arte y la cultura no son un adorno. Son una incomodidad necesaria.
