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¿América Latina está preparada para las mentiras del poder?

La propaganda, el miedo y la desinformación transforman la democracia. Este texto explora cómo ocurre y por qué importa.

Durante décadas pensamos que las amenazas contra la democracia llegarían con tanques, golpes de Estado o censura. Sin embargo, el siglo XXI ha demostrado que también pueden llegar de una manera mucho más silenciosa, a través de los relatos.

Cada día millones de latinoamericanos despiertan rodeados de información. Noticias, videos, publicaciones, hilos, discursos, cadenas y opiniones compiten por explicar la realidad. Nunca habíamos tenido tanto acceso a los hechos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil distinguir entre evidencia, interpretación y propaganda.

Las imágenes que circulan durante una campaña electoral, un conflicto internacional o una crisis política parecen hablar de asuntos diferentes. Unas muestran promesas de seguridad. Otras denuncias de fraude. Algunas apelan al miedo. Otras a la esperanza. También aparecen debates sobre migración, guerra, justicia o relaciones internacionales.

A primera vista parecen historias independientes, pero todas comparten una misma pregunta, ¿quién está construyendo el relato que hoy creemos?

Las mentiras del poder no siempre consisten en inventar hechos. En ocasiones basta con seleccionar una parte de la realidad, exagerarla, repetirla miles de veces y convertirla en la única versión posible. Así funciona buena parte de la propaganda contemporánea.

Las redes sociales han multiplicado ese fenómeno. Los algoritmos premian aquello que genera atención, no necesariamente aquello que está mejor sustentado. Como resultado, muchas personas terminan viviendo dentro de realidades informativas completamente distintas, incluso cuando habitan el mismo país.

En ese contexto, la memoria se vuelve un acto de resistencia. Recordar no significa quedarse atrapado en el pasado. Es reconocer patrones, preguntarse si un discurso que hoy parece nuevo ya fue utilizado antes con otros nombres y otros protagonistas.

La democracia necesita desacuerdos, lo que no puede permitirse es perder la capacidad de discutir sobre una base común de hechos verificables. Cuando esa base desaparece, la conversación pública se convierte en una competencia entre emociones.

Entonces la pregunta deja de ser quién ganó una elección o quién tiene razón. La pregunta verdaderamente importante es si todavía somos capaces de cambiar de opinión cuando la evidencia contradice aquello que queremos creer.

Quizá ese sea el desafío más grande para América Latina. No aprender a identificar una mentira, sino conservar la voluntad de buscar la verdad, incluso cuando resulte incómoda.

La evidencia continúa y el expediente 001 sigue abierto.