El arte sigue siendo tratado como adorno y no como base educativa, identitaria y social en gran parte de América Latina.
La conversación que se abrió tras el carrete que publiqué sobre la Ley Artes al Aula dejó algo evidente: el debate cultural en América Latina no es local ni aislado y lo que ocurre en Colombia resuena en Panamá, Ecuador, Perú, Argentina y Chile, donde artistas, docentes y ciudadanos coinciden en una misma exigencia, el arte no puede seguir siendo tratado como un adorno simbólico dentro de la educación y las políticas públicas.
En gran parte de la región, el arte sigue ocupando un lugar marginal, ya que se le asocia con actividades extracurriculares, eventos ocasionales o gestos decorativos, pero rara vez se le reconoce como un eje estructural de la formación educativa, la identidad colectiva y la construcción de pensamiento crítico. Esta mirada reducida tiene consecuencias profundas, porque si el arte se excluye del sistema educativo y de la planificación estatal, también se empobrece la sensibilidad social, la memoria histórica y la capacidad de imaginar futuros distintos y más justos.
Tras analizar cientos de comentarios y reacciones al contenido publicado, aparece un patrón claro. En distintos países latinoamericanos se repite la misma frustración, no se piden festivales esporádicos ni programas improvisados, sino políticas culturales serias, con continuidad, planificación y compromiso estatal real. El arte se reclama como derecho, como trabajo y como herramienta educativa capaz de transformar territorios, especialmente aquellos donde el Estado ha estado históricamente ausente.
Uno de los puntos centrales del debate es la inversión. Hablar de arte sin hablar de presupuesto es una trampa frecuente. Sin inversión pública sostenida no hay procesos formativos, no hay acceso equitativo y no hay condiciones dignas para quienes crean y enseñan. El talento no florece únicamente por vocación individual, ya que se necesita tiempo, recursos y estabilidad. Así que invertir en arte no es un gasto superfluo, es invertir en educación emocional, cohesión social y prevención de violencias. Paradójicamente, muchos gobiernos terminan gastando mucho más en sistemas penitenciarios, salud mental y reparación de fracturas sociales que podrían haberse prevenido con políticas culturales sólidas.
Otro reclamo recurrente es la falta de lineamientos claros. Las políticas culturales no pueden depender del gobierno de turno ni desaparecer con cada cambio político. Se necesitan currículos coherentes, formación docente especializada y mecanismos de evaluación a largo plazo, porque cada proyecto cultural abandonado rompe procesos, desmotiva comunidades y refuerza la idea de que la cultura es prescindible en tiempos de crisis. Esta lógica debilita la democracia cultural y afecta generaciones completas.
La brecha urbano-rural es otro elemento clave, pues el acceso al arte sigue concentrado en las ciudades, mientras que en zonas rurales de Panamá, Ecuador, Perú, Argentina y Chile el abandono cultural es evidente. En estos territorios, el arte no es un lujo, es contención, identidad y posibilidad. Llevar procesos artísticos al campo implica reconocer saberes locales, fortalecer tejido comunitario y ofrecer herramientas simbólicas para enfrentar problemáticas como la violencia, la pobreza y la migración forzada, que golpean de manera desproporcionada a estas poblaciones.
Todo esto se cruza con un problema estructural más profundo, la colonialidad cultural. En América Latina aún se privilegian modelos europeos mientras se minimizan expresiones locales, indígenas y populares. Esta jerarquización no es neutral, ya que moldea imaginarios y reproduce desigualdades. Descolonizar la cultura implica reconocer otras estéticas, otros saberes y otras formas de creación como igualmente válidas y dignas de apoyo estatal, desde la escuela hasta las políticas culturales nacionales, con un enfoque territorial y de justicia histórica.
Lo que hoy se expresa en comentarios que llegaron desde Panamá, Ecuador, Perú, Argentina y Chile es una sed de sensibilidad. No se pide caridad cultural, se pide estructura. El arte debe ocupar un lugar central en el sistema educativo, el territorio y la política pública. No es lujo ni gasto, es inversión social. Abrir esta conversación no es un acto simbólico, es una necesidad urgente para pensar el presente y el futuro cultural de América Latina.
