Lo que ganamos y perdemos cuando el algoritmo decide
No vivimos una crisis de creatividad. Vivimos una crisis de criterio. Nunca se produjo tanto arte como ahora. Nunca circularon tantas imágenes, canciones, textos y videos. Sin embargo, junto a esa abundancia aparece una sensación difícil de ignorar, muchos estímulos y poco asombro. No porque falte talento, sino porque la inmediatez dejó de ser una opción y se convirtió en una exigencia cultural.
La velocidad transformó la manera en que creamos, consumimos y valoramos la cultura. Las plataformas y algoritmos organizan lo visible, jerarquizan lo popular y recompensan aquello que se entiende rápido. En este ecosistema, el arte no desapareció, pero sí cambió su relación con el tiempo, la atención y la permanencia.
No obstante, sería injusto negar lo que ganamos, porque la cultura digital democratizó la creación. Hoy más personas pueden producir, mostrar y compartir sin pasar por filtros elitistas, instituciones cerradas o industrias inaccesibles. Se redujeron barreras técnicas y económicas. Aparecieron nuevas estéticas, lenguajes híbridos y voces que antes no tenían espacio y lo breve también puede ser potente, ya sea una imagen, un verso o una idea mínima, pueden decir mucho. La rapidez permitió que las ideas circulen, conecten comunidades y crucen fronteras.
El problema comienza cuando la inmediatez deja de ser una herramienta y se convierte en norma.

Lo que ganamos en acceso y circulación lo empezamos a pagar en profundidad y permanencia. Cuando el algoritmo decide qué vemos y qué no, no solo ordena contenidos, también moldea el gusto. Premia lo inmediato y castiga lo que exige tiempo, contexto o esfuerzo. Así, muchas creaciones no nacen de una necesidad expresiva, sino de una adaptación forzada a parámetros externos.
No es que los artistas quieran hacer piezas superficiales, es el sistema que entrena la creación para ser breve, ligera y rápidamente reemplazable. Lo que no encaja en esa lógica pierde visibilidad y lo invisible, hoy, corre el riesgo de no existir. En ese punto aparece el llamado arte vacío, no por falta de intención, sino por exceso de condicionamiento.
A esto se suma una confusión peligrosa, ya que contenido no es lo mismo que arte y cultura. El contenido busca rendimiento —clics, retención, repetición, alcance—. La cultura necesita contexto, memoria, conflicto, ambigüedad y tiempo. No son enemigos, pero tampoco son iguales. Cuando todo se mide por su capacidad de circular rápido, la profundidad empieza a estorbar, pensar demasiado se vuelve ineficiente, dudar no convierte y el silencio no performa.
Además, el público también cambió porque buscar se volvió innecesario. Descubrir ahora es algo opcional y la cultura ya no se encuentra, se nos muestra en una pantalla. Delegamos la sorpresa y aceptamos que alguien o algo decida por nosotros qué vale la pena ver, leer o escuchar. Y cuando dejamos de buscar, dejamos también de entrenar el criterio. Por eso consumimos más, pero exploramos menos.
Tal vez no estamos perdiendo el arte, sino la capacidad de buscar, asombrarnos y descubrir una obra que incomoda o una idea que no se entiende de inmediato, porque hay que quedarse leyendo, mirando y pensando, entonces la profundidad parece sospechosa. Pero justamente por eso se vuelve necesaria.
La solución no es rechazar la inmediatez ni romantizar el pasado. El desafío es no permitir que la velocidad sea el único lenguaje posible. Así que debemos recuperar el derecho a otros ritmos. Crear y consumir con pausa, porque tomarse el tiempo para pensar también es un gesto cultural. El algoritmo puede ordenar lo visible, pero el criterio todavía, nos pertenece.
