¿Qué significa la batalla cultural de Abelardo de la Espriella? Un análisis de su discurso a partir de la evidencia.
Las campañas presidenciales suelen centrarse en la economía, la seguridad o la corrupción. Sin embargo, desde antes de asumir la Presidencia, Abelardo de la Espriella ha colocado otro concepto en el centro de su narrativa: la batalla cultural. Expresiones como “contrarrevolución cultural”, “Patria Milagro” y “restaurar Colombia” aparecen de forma recurrente en sus intervenciones públicas. La pregunta no es si esas ideas gustan o no, sino qué significado político pueden tener.
Hablar de una batalla cultural no convierte automáticamente a un dirigente en fascista. La expresión ha sido utilizada por movimientos conservadores, liberales, religiosos e incluso progresistas en distintos momentos históricos. Lo importante no es la etiqueta, sino el contenido que adquiere dentro de cada proyecto político.
Uno de los elementos más repetidos en los discursos del presidente electo es la idea de que Colombia atraviesa una profunda degradación moral y necesita recuperar una esencia perdida. Ese relato tampoco es exclusivo del fascismo. Sin embargo, el historiador estadounidense Robert Paxton, uno de los mayores especialistas en el tema, identifica el mito del renacimiento nacional como uno de los rasgos presentes en los movimientos fascistas del siglo XX. No basta, por sí solo, para clasificar a un gobierno, pero sí constituye un elemento digno de análisis cuando aparece acompañado de otros factores.
Otro aspecto relevante es la construcción de adversarios. En distintas intervenciones, De la Espriella ha señalado como responsables de la crisis del país a sectores como FECODE, organizaciones no gubernamentales, la llamada “ideología de género”, parte de la izquierda y algunos organismos internacionales. Criticar a estos actores forma parte del debate democrático. El límite aparece cuando los adversarios dejan de ser simples competidores políticos y pasan a presentarse como enemigos que estarían destruyendo la nación desde dentro. Esa diferencia ha sido ampliamente estudiada por la ciencia política porque modifica la forma en que una sociedad entiende el pluralismo.
Al mismo tiempo, también es necesario reconocer aquello que aún no permite sacar conclusiones definitivas. El programa oficial del presidente electo promete respetar la Constitución, la independencia de las cortes y la separación de poderes. Hasta el momento, no existe evidencia suficiente para afirmar que Colombia haya entrado en un régimen fascista. Esa afirmación sería prematura y no estaría respaldada por los hechos disponibles.
Lo que sí puede observarse es una narrativa marcadamente personalista que deposita grandes expectativas en la figura del líder como eje del cambio nacional. La historia demuestra que los discursos son importantes, pero nunca suficientes para comprender un gobierno. La verdadera evaluación comienza cuando esas palabras se traducen —o no— en decisiones concretas.
Por eso, la discusión sobre la batalla cultural no debería reducirse a consignas a favor o en contra. El verdadero examen estará en observar cómo actúa el nuevo gobierno frente a la oposición, la prensa, las instituciones independientes, las minorías y el Estado de derecho.
En política, las palabras abren caminos. Pero son las decisiones las que terminan revelando hacia dónde conducen. Ese será el criterio con el que seguiremos analizando este gobierno: comparar los hechos con las promesas y privilegiar la evidencia por encima de la propaganda.
