Mié. Feb 21st, 2024

CRÓNICA || Cali, patria urbana de Jovita Feijóo. Una ciudad, un laberinto, un cruce de pueblos, donde las llamaradas solares destrozan las pieles de sus habitantes. Sus calles son una maraña de feminicidios, desplazados, canciones, tatuajes, vinilos, graffitis, peches, porros, botellas rotas, gusanos azules caóticos, bicicletas al mecho, hospitales públicos en estado de coma, lobas demoníacas, políticos corruptos, profesores arrechos, tombos cobrando ají, estudiantes rebeldes, almas frágiles y vanidosas, espíritus salseros y aletosos, y algunos cuantos devotos del emprendimiento y la gestión cultural del rock, quienes convocan a una mutante fuerza underground para follar durante dos días con el viento, el sol y la lluvia, expresando el transgresor espíritu de resistencia cultural, bajo el manto ancestral de un ecosistema natural al sur más al sur del trópico afromestizo.

Por Harold Pardey “El Zudaca” / @HaroldPardey
PH: Leo De La Parca


Unirock es más que un festival. Es un corte mágico en el tiempo de la ciudad, donde se puede gozar, danzar, y poguear con la anarquía telúrica de los sonidos paridos por un movimiento de contracultura universal; de la rebeldía que se gestó después del fracaso de la especie humana con sus dos guerras mundiales y que en la calicalentura persiste con estoicismo en las cloacas, en los garajes, parques, colegios, toques piratas, bares, centros culturales autogestivos y con el trabajo en red de una escena tostada, que aún sigue en la tarea de reconocer su cartografía sonora desde plataformas híbridas. Nodos que entrelazan lo público, lo estatal, lo privado, y la gama de adjetivos que utiliza la industria cultural para conseguir patrocinios en la era de los festivales corporativos, mientras se reflexiona ¿cómo oscilar entre el mainstream y el underground, de acuerdo a la ética de cada banda?

El calendario gregoriano señala que llegó abril, lluvias al tres mil en lokombia y el inconsciente colectivo  sufre por la tragedia de Mocoa,  aunque muchos gañanes y avivatos aprovecharon el desastre natural para seguir practicando el deporte nacional, el robo al prójimo. Sad but true. La brisa psicotrópica invoca a los cuerpos dementes y los vomita a la Universidad del Valle, como tatuajes urbanos en busca de emociones para desacomodar y equilibrar el espíritu con una atarraya de ritmos rizomáticos de esa gran familia que es el Rock.

Durante dos días la Radio Zudaca se desplazó por el alma mater de la Univalle, (cada vez más con traje neoliberal, en pleno quilombo sindical, donde los elementales del lago nos recuerdan que el rector y sus trabajadores cometieron un crimen ecológico con la huerta estudiantil), para impregnarse de la tormenta de ideas convertida en música, desde la mirada flaneur satelitalmente sursystem, enfocada en la escena local y su copulación promiscua de sonoridades urbanas.

Luego de esquivar el desplome implacable del sol y entre el marasmo de acordes distorsionados, agresivas percusiones y líricas del primer día, al son de unos chilenos paisanos de Condorito, que conjuraban con su nombre Nunca seremos dichosos, me puse a echarle tímpano al potente hardcore de la tribu caleña con bandas como N.O.F.E y Estado de Coma que ratifican los avances de su sonido crudo, sin maquillaje y revelador, de los paisajes viscerales de una subjetividad callejera cada vez más hermanada en la consciencia del ruido como catarsis del alma, en un país violento y festivo que dice estar en post conflicto.

Con Adolfo Lemos de Music Machine, coincidimos en la emergencia  y madurez de una sensibilidad energética que se manifestó con vehemencia en el pogo, mientras le pegabamos al viche curado de la negra Alicia. Luego nos sumergímos en un aletoso viaje sound system con los Alcolirikoz de medallo, quienes con sus beats y rimas repletas de satira y fina ironía, armaron el destrampe, multiplicando el consumo del elixir afrotropical, que me hizo sentir de nuevo en Zion, y sin invasión de publicidad. Después la ceremonia dionisiaca nos llevó a escuchar el rap core brutalero de Nepentes, paisas del barrio Manrique que cerraron la jornada.

Día 2.

El segundo día me parché desde más temprano, en onda viajante y progresiva, con bandas que proponen nuevas relecturas del pentagrama como cronopios sonoros de la  rayuela de la imaginación y que seducen cada vez más a la ciuda. Por ejemplo Emci Rimas y su banda soporte Tripping Point, una alucinante cofradía de espíritus jamm session. El panasonico Samir de la comuna 18 es un joven que conozco hace diez años como M.C. de las crews Odio en tus bafles y Zalama Crew. Me sorprendió la evolución de su arte musical, pues ha creído con firmeza en sus convicciones, combinando los colores de la paleta cromática del sonido, plenamente convencido de las enormes posibilidades que tiene el lenguaje del Spoken Word, el Hip Hop Jazz Music y los aires de Soul, que recuperan la sensibilidad poética de los sonidos que gritaban en Nueva York. Emci Rimas con toda su osadía musical configura en el suroccidente valluno con la incorporación de un soporte de cuerdas en algunos de sus tracks. Esta gente va sola en esa vuelta, toda una lección de creatividad para la hip hop kulture de la calicalentura.

También me impresionó el sabroso latin dub de la banda Los Micotrópicos liderada por Julián Naranjo quien luego de una experiencia cósmica por el río mar serpiente Amazonas, aterrizó en las canchas de Univalle, y con dos cómplices más en la guitarra y la batería, estallaron el hongo lisérgico con su exploración del rock progresivo y el folklore de nuestras costas y montañas, reivindicando al campesinado y la negramenta con una chirrimía que contagia y transmite vibraciones sensoriales de escarbar en nuestras identidades locales, haciendo un llamado a redescubrir a lokombia en su útero más íntimo, el campo, negado y subestimado por los rockeros radicales de la patria boba.

Horas antes me cautivó la enigmática elegancia progresiva de Electric Sasquatch, el performance electrorock del power trío panameño Diafragma, el hard rock de Suburbia, y el groove de los niches y mestizos de Complementos, con su hip rock que son un diamante por pulir, pero que auguran un camino venturoso por los cauces de la world music. Me recordó los inicios de Zalama Crew hace cinco años en este festival, que se consolida como plataforma de las culturas emergentes de la ciudad, —hasta el canal del sol trajo sus cámaras para cubrir el cierre de  la  legendaria banda internacional Gondwana, que bueno sería que apoyaran las bandas locales con especiales temáticos o que cumplan la tarea en la celebración de los 10 años de Unirock. ¿Alguien dijo Telepacífico?

Cientos de manes con cuerpos atléticos y chicas de espíritu febril, alma joven y mirada ansiosa, adultos contemporáneos y cuchos vieja guardia acudieron a la cita en la calicomarca univalluna. Muchos pagaron la boleta, otros se colearon por algún resquicio, algunos llevaron víveres a los damnificados en el Putumayo y otros inventaron sus medios de comunicación para ser acreditados como prensa.

Sin embargo, la heterogénea comunidad emocional se puso de acuerdo en esos dos días de Unirock para consentir al buziraco interior, darse en la cabeza, amar los árboles y el THC, pegarle al chorizo y pasarlo con aperitivo de la morgue, cultivar el ego con sus fans e interlocutar con un público singular de momias anómicas que bebieron Heineken sin miseria, compartiendo con freaks nihilistas, zombies anarkotropicales con crestas, estudiantes y obreros universitarios, desempleados con pregrado, maestría y posgrado, artistas visuales convertidas en groupies, poetas inadaptados que transitan sin cronómetro por las ondas oníricas del texter, arlequines de estirpe glamourosa que viven pendientes de los likes de Facebook, veganas jipiosas ultra buena onda, diablas rojas sin bandera escarlata, meninas onda funky boogaloo y primas lejanas de los Jackson Five, melomaníacos del psycho roncknroll y la cyberpunk fusión, y otras especies de dudosa reputación que perrean con reggaeton core.

Cuando la lluvia dejó de ser pertinaz, y las gotas se multiplicaron con alegre rebeldía al compás de cadencia jamaiquina pero con el matiz andino de los chilenos reggae pop Gondwana, recordé las palabras del finadito Chaparrock, y me fui sonriendo y bien trabado a casa a buscar la familia ontripNecesitamos un poco de veneno en las calles, necesitamos rock and roll en el aire, en la lluvia, necesitamos que abran los bares al medio día, necesitamos que las mujeres anden desnudas por la calle, necesitamos que haya más aves en el cielo, que haya más caballos transparentes en la luna, necesitamos que la gente se dé más besos en los parques, necesitamos que la gente haga el amor sobre la hierba húmeda y que cuando lleguen al orgasmo sus cuerpos se llenen de florecitas amarillas, necesitamos que llueva whisky del cielo”.